De la celda a la comunidad: El camino para sanar la violencia urbana
J Vasquez was imprisoned for 25 years, practically half his life.
Sophia Rerucha
Cada mañana, al despertarse, J Vasquez abre las persianas de su cuarto y mira por la ventana. Es una especie de ritual que este hombre, de Sacramento, atesora a sus 49 años.
J: “Being in a room that didn't have windows gives me a lot of anxiety. That still does to this day.” “Hasta ahora, estar en un cuarto sin ventanas me da mucha ansiedad”.
J se refiere a las celdas en la que estuvo durante 25 años, prácticamente la mitad de su vida.
J: “I’ve been home seven and a half years, but to this day, most of my life has still been spent inside there.” “He pasado la mayor parte de mi vida encarcelado”.
Aunque J ha adaptado su vida fuera de la cárcel –pasa tiempo con su pareja y su perro, escribe proyectos de ley desde Sacramento y trabaja con una organización comunitaria que se llama CURYJ, su tiempo en prisión todavía le impacta.
Cuando J tenía 16 años, vivía en Sacramento y formaba parte de una pandilla. Una noche lo invitaron a una fiesta y, al llegar, se dio cuenta de que ahí estaban sus rivales.
J: “The gang mentality is about using violence . . .” “La cultura de la pandilla se trata de usar la violencia… En ese momento, yo entendía que así era como se resuelven los conflictos.
Lo que se suponía que sería una noche divertida terminó en tragedia. J asesinó a uno de los integrantes de la otra pandilla, un joven de 19 años.
J: “It's sad to say, and I hate to say this. . . . J: “Es muy triste decir esto, pero cuando me arrestaron, solo pensaba en mí mismo, en qué iba a pasar conmigo”.
Al principio, estuvo en una cárcel para menores de edad, mientras esperaba su juicio. Cuando cumplió 18 años, lo sentenciaron a 31 años de prisión. Así empezó su vida en la Salinas Valley State Prison, uno de los centros penitenciarios de máxima seguridad y donde están algunos de los criminales más peligrosos.
Un estudio de la revista American Psychologist explica que, en general, los jóvenes que terminan en la cárcel vivieron experiencias difíciles cuando eran niños.
Técnicamente, esto se conoce como Experiencias Adversas en la Infancia (ACEs, por sus siglas en inglés). La separación familiar, la violencia doméstica, el abuso de drogas o el alcoholismo son algunas de las vivencias identificadas entre quienes están presos.
María D. Vázquez es terapeuta y trabajó durante años en un centro de justicia juvenil en Oxnard, California. Según sus cálculos, la mayoría eran latinos. Los datos del Caucus Hispano indican que el 20% de los jóvenes encarcelados en los Estados Unidos son latinos.
La doctora explica que, cuando hablaba con los padres de los chicos, notaba que no podían apoyar a sus hijos porque tenían que atender la urgencia de sus necesidades, como el trabajo.
“Muchos de estos niños fueron criados por hermanos o se estaban criando a sí mismos. Y quiero ser muy clara. Esto no es porque no les importaba o no amaban a sus hijos, sino por una cuestión básicamente financiera.”
Aquí hay un punto importante. Los datos de los CDC dicen que más del 60% de personas en Estados Unidos reportaron haber vivido una de estas experiencias Pero el psicólogo clínico Evan Holloway, del Hospital General de San Francisco, afirma que la mayoría no desarrolla un trauma. Lo que marca la diferencia es que, cuando estas violencias son frecuentes, pueden convertirse en un trauma debilitante.
Dr. H: “Desde pequeño, nuestros padres tienen la mayor influencia en nuestra vida. Y a través del desarrollo nos afecta porque tenemos interacciones con más frecuencia con ellos.”
Si un niño no tiene una red de apoyo para superar las experiencias de violencia, entonces se convierten en problemas.
Dra: “Trauma es algo que la gente tiende a tener mucho antes de que estén encarceladas. Si vives en una comunidad donde hay mucha violencia hay mucha policía, probablemente serás atrapado muy fácilmente, y también en ambientes donde te estás encargando de comportamientos solo para sobrevivir que probablemente te van a encarcelar.”
Y para J, esto suena familiar.
Me cuenta que su niñez en Sacramento entre los años 80 y 90 estuvo marcada por la violencia doméstica, el abuso de las drogas y alcohol por parte de sus padres, además de la pobreza y el divorcio.
J: “It was just a very challenging upbringing. We didn't have much money, we lived in a poorer neighborhood, working class neighborhood. The gang lifestyle and poverty was already there in the neighborhood. It’s not like I went to seek it out. It was already there.”
"Fue una infancia bastante difícil. No teníamos mucho dinero, vivíamos en un vecindario pobre, de clase obrera. El estilo de vida de la pandilla y la pobreza ya existían, ya estaban presentes.”
J es el hijo mayor de una familia Chicana y se sentía el mimado de su papá. De hecho, tiene muy presentes los recuerdos de las salidas y los juegos con su padre cuando él era chiquito. Pero cuando se fue de casa, todo se sintió diferente. J tenía cuatro años.
J: “I didn't understand the divorce . . . J: “Yo no entendía el divorcio, entonces pensaba, ‘¿Por qué se fue mi papá? ¿Fue mi culpa? ¿No fui suficiente, es por eso que se fue?’”
J se sentía abandonado. Al mismo tiempo, mientras crecía, las posibilidades de hacer amigos en su barrio estaban limitadas. Así fue como, a los 14 años, se involucró en una pandilla; era una especie de red en la que se sentía validado, apoyado y querido.
J: “I look back on it now, it’s just a bunch of kids with a lot of trauma. . .” J: “Cuando pienso en esa época, me doy cuenta de que solo éramos niños con mucho trauma. Estábamos tratando de apoyar a cada uno, sin entender que estábamos causando más daño y trauma a otros y a nosotros mismos.”
En plena adolescencia, cuando J tenía 15 años, su padre retomó el contacto.
J: “I had that craving for my father to be in my life. . . J: “Desde que se divorciaron, yo tenía este anhelo por mi papá. Entonces, cuando volvió a nuestras vidas, yo pensaba: ‘Esto es lo que esperaba, lo que necesitaba.’
Lo que no sabía era que su papá estaba muriendo. Tenía cirrosis por años de abuso de alcohol. Cuando J lo perdió para siempre, sentía que no podía expresar sus sentimientos; estaban reprimidos. Fue ahí cuando su mamá lo llevó a una consejera para que lo ayudara.
J: “It seemed pointless to me. . . .” J: “Era inútil. No sabía cómo expresar mis sentimientos. Y de ahí, perdí el control. Y no me importaba nada”.
Un mes después de que su papá murió, J conoció la cárcel de jóvenes por robar un carro. Tenía 15 años. Al salir, se involucró más con la pandilla. Seis meses después, en 1993, poco después de cumplir 16 años, llegó la noche que marcaría su vida y la que lo mantuvo preso por 25 años.
J: “It was a very violent place. . . .” “La cárcel es un lugar bastante violento. No recuerdo oportunidades de educación o de vocación, porque siempre estábamos encerrados.”
J recuerda que cuando llegó a Salinas Valley State Prison, un guardia le dijo algo inolvidable.
J: “He was like, ‘Hey youngster, do yourself a favor and hang yourself, you’re never getting out of here. I just remember just thinking to myself, ‘Yeah, I'm gonna grow old and die in prison.” “Me dijo, ‘Oye chamaco, házte un favor y cuélgate, nunca vas a salir de aquí.’ Y recuerdo que pensé, ‘Sí, voy a envejecer y morir en la prisión.’”
Para J, esto intensificó el ciclo de abuso y desesperanza que sentía.
La Dra. María D. Vázquez escribió su tesis de maestría sobre la reintegración a la sociedad de los latinos que fueron encarcelados. Parte de su investigación indica que estar en prisión durante la juventud puede causar daños al desarrollo del cerebro.
Dra: “El desarrollo de la identidad es extremadamente importante en ese momento. ¿Quién soy yo? ¿Cómo es que las personas me ven, qué piensan de mí, qué esperan de mí? Todo eso afecta muchísimo.”
En su texto dice que vio cómo los niños que estaban ahí vinieron de mucho trauma y estar encarcelados los trauma aún más.
En la cárcel, J fue parte de ese círculo de violencia que parece infinito. Cuando tenía 23 años, lo pusieron en aislamiento, en confinamiento solitario, sin contacto con otras personas. Entonces, algo sucedió.
J: “It was the first time I was alone with my thoughts . . .” J: “Fue la primera vez que estaba solo con mis pensamientos. Y empecé a hacer mucha introspección y pensé, '¿Cómo llegué aquí?’ Y no me refiero a la cárcel, sino a este punto de mi vida. Quería algo distinto para mi vida.”
Aún ahora, J no puede describir el comienzo de su transformación. Pero recuerda un momento de claridad.
J despertó antes del amanecer para ir a una clase de taller y vio la salida del sol.
J: “I didn't see the razor wire, I didn't see the gun towers, I didn't see none of that. And I felt free. It was like, processing my trauma and being able to identify, ‘Well this is how I got here, and I'm not a bad person, and just these are the things I could change about myself. Like, that was liberating. I just felt at peace, it was the weirdest thing. That's the most free I ever felt. Prior to going to prison, I never felt that free.”
“No vi el alambre de púas, no vi las torres de vigilancia,. Y me sentí libre. Fue como procesar mi trauma e identificar: ‘Así fue como llegué hasta aquí, no soy una mala persona, y estas son las cosas que puedo cambiar’. Eso fue liberador. Me sentí en paz Esa fue la vez que me he sentido más libre en toda mi vida”.
J lo describe como sanación y no rehabilitación, ya que rehabilitarse implica volver al pasado. J empezó a leer libros de autoayuda que había en la prisión e iba a los círculos de apoyo en los que otros hombres comparten sus experiencias y lo que sienten.
J: And I really...didn't share in the groups at first. J: “Al principio, no compartía mucho. Me tardé años en sentirme seguro. Todavía tenía puestas las máscaras y no quería ser vulnerable, porque en la cárcel esas características se pueden aprovechar”.
Y esto también es un mecanismo de supervivencia, como lo explica la Dra. Vázquez.
Dra: “Para sobrevivir, tienes que tener desconfianza. Tienes que siempre preguntarte, esta persona me está ayudando porque me quiere ayudar porque es una buena persona o porque me va a pedir algo después.”
Pero cuando fue a los círculos, había hombres que, como él dice, “estaban más adelantados en su viaje a la sanación”. Sus historias lo animaban a abrirse poco a poco. Fue como quitarse capa por capa para revelarse a sí mismo.
J: And I was able to identify those experiences they had with the experiences that I had
J: “Vi tantas cosas que teníamos en común. Y podía identificar esas experiencias en mi propia vida y hacer esas conexiones. Y eso no lo podía lograr yo solo”.
En entornos como la prisión, contar con el apoyo de otras personas que han tenido experiencias similares es importante.
Dr. H: “Hay un enfoque hoy en día en programas de lo que llaman Credible Messengers, personas con experiencia que son expertos en navegar y para ser honesto sobre lo que necesitas, lo que estás sufriendo con alguien que no te juzga, luchar contra estigma, es muy importante y ver el éxito.”
En 2018, a los 41 años, J salió de prisión . Después de más de veinticinco años preso, el mundo había cambiado mucho.
16: J: “It was a big challenge with technology. . . “ J: “La tecnología era un gran desafío. No sabía cómo usar un celular, ni cómo aplicar para un trabajo. Yo aquí voy, imprimiendo mi resume porque era así como lo hacíamos, pero tenía que rellenar formularios en línea. Fue como dormirme a los 16 años y despertarme a los 41, casi 42, años.”
A esto se suman las consecuencias de la vida en la cárcel. A poco de recuperar su libertad, J fue diagnosticado con trastorno de estrés postraumático. Como dice el Dr. Holloway, cuanto más tiempo una persona está encarcelada, más difícil es reintegrarse a la sociedad.
La Dra. Vázquez añade que cada individuo es diferente, y lo que a alguien le puede tomar cinco años a otro le puede tardar 20.
Dra. V: “It's going to be really hard and yes, we want to have realistic expectations, but we also don't want to unnecessarily limit ourselves. Nothing out here is ever going to be as hard as what you were doing in there, you know, and that by itself is extremely helpful.”
“Va ser extremadamente difícil y si, necesitamos tener expectativas realistas, pero tampoco queremos limitarnos. Nada de lo que sucede aquí afuera va a ser tan difícil como lo que era allá adentro, y entender eso es extremadamente útil.”
Hoy J tiene 49 años y es director de política en CURYJ, una organización que defiende los derechos de las personas en la cárcel.
J se encarga de trabajar proyectos de ley para que se aprueben en el congreso del estado y con el gobernador. Para eso, tiene que hablar con legisladores y pasa mucho tiempo en Sacramento.
Ahí lo encontré un día de julio. Hacía sol y me recibió con una gran sonrisa. Mientras conversábamos, un grupo de niños pasó junto a nosotros.
J: “I love hearing those voices . . .Sabes, me encanta oír esas voces porque cuando estás encarcelado, no escuchas eso.”